El buen samaritano


En aquel tiempo, se presentó un doctor de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús le respondió: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella? Él contestó: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dijo: Bien has dicho. Hazlo tú y tendrás la vida». Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse le preguntó: Y quién es mi prójimo?

Jesús dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos … ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él contestó: El que tuvo misericordia de él.

Díjole Jesús: Anda y haz tú lo mismo.

Al anónimo caminante de Samaría, se le “conmovieron las entrañas” ante el caído, una expresión que se utiliza repetidamente en los evangelios, para referirse a la reacción de Jesús ante el dolor ajeno. La palabra “moverse a compasión”, en griego designa únicamente la misericordia de Dios o la de Cristo (Mt 9.36; 14.14; Lc 7.13; 15.20), un sentimiento divino que inspira al samaritano, imagen de Dios, la revelación del amor de Dios por el hombre. El esquema entra en el de la parábola del buen pastor y la del hijo del dueño de la viña (Jn 10,1-17; Lc 20.9-18).

El Evangelio de San Lucas relata la parábola del Buen Samaritano. Es la parábola de la puesta en acción del Mandamiento Nuevo: amar como Jesús. Y Jesús, como afirmaban algunos de los Santos Padres, es el Buen Samaritano, que se acerca y siente compasión de la viuda de Naím, de la oveja perdida, de la muchedumbre hambrienta, es aquél que ante el leproso no se conforma con curarlo de palabra, sino que extiende su mano, para tocarlo y ofrecerle así la ternura de una mano amiga, sin importarle las normas de pureza, como importaron al sacerdote y al levita, que dieron un rodeo, para no complicarse la vida.

Del mismo modo, el buen samaritano llega después de los sacerdotes y los levitas que no han querido ni podido salvar al hombre herido. El samaritano revela el amor de Dios a la Humanidad; este pasaje señala su sentido: los apóstoles son bienaventurados, porque están asistiendo, por fin, a la manifestación del amor de Dios y van a revelarlo con eficacia.

 Refleja la historia de la salvación, Cristo viene, bajo la apariencia de un samaritano, de un despreciado (Jn 8,48), como el hijo del dueño de la viña, para revelar el amor de Dios, allí donde las técnicas de salvación paganas y judías fracasaron. San Lucas precede esta parábola con la discusión sobre el mandamiento más importante, para mostrar que el deber de la caridad implica nuevas exigencias tras la palabra de Cristo. Amar al prójimo como a uno mismo no basta, hay que preguntarse, cómo se puede ser el prójimo de los demás y amarlos hasta el summum, como Dios los ama.

Este es el Mandato Nuevo de Jesucristo que “os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13, 34). Es urgente, pues, concienciarse de la postración de esta Humanidad herida, abandonada, medio muerta al borde del camino, que Cristo ha venido a salvar. En este caso, la caridad no es una simple obligación moral, sino muestra del amor de Dios, signo de la misericordia divina.

¿Quién es mi prójimo? Lo importante no está en saber sino en hacer. Los conocedores de la ley pasan de largo ante la realidad del prójimo; el ignorante, samaritano, se detiene y hace realidad el precepto del amor. Prójimo no es el que yo busco, es el que viene de improviso, el que aparece sufriente, el que está ahí, cercano y caído, oprimido y sin vida.

Andamos los caminos del mundo animados de muy buenas teorías de paz, amor, justicia; pero el hombre sigue tirado al borde del camino, desprovisto y casi exhausto. El prójimo es pequeño, cercano, próximo. Las teorías no liberan al hombre, sino las obras. Los teóricos pasan de largo ante lo concreto, que es lo único real, se sumergen en su idealismo y dejan, olvidan la realidad. Lo que salva es vivir y hacer vivir y obrar como prójimo, no las teorías filosóficas de projimidad. El caído al borde es un hombre, sin nombre, sin postura religiosa o política; y, sólo, esto basta. Lo perentorio es que está necesitado. “Ve y haz tú lo mismo”. Es hacer, ejercer y practicar el amor.

Fuente: wwwespiritu-enlared.blogspot.com