¿Césped más verde?

Un joven que acababa de graduarse de la Universidad, consiguió una posición laboral con muy buen sueldo. Trabajaba mucho, observaba a los demás y aprendía de ellos. Amaba a su esposa y su familia aumentaba. Pero muy pronto comenzó a quitarle tiempo a la familia para dedicárselo al trabajo. Era un joven brillante y ambicioso, ansiaba subir por la escalera de la corporación y llegar al éxito. En pocos años había logrado llegar a un puesto alto en la compañía.

De pronto, muchas personas empezaron a pedirle consejo profesional y favores, a este hombre tan exitoso. Los compañeros de trabajo lo adulaban, los clientes lo buscaban, y las amigas de la oficina coqueteaban con él. El joven, ansioso por complacer y abrumado por la repentina atención, no se daba cuenta de lo que le estaba pasando. Usó su poder sin sabiduría y cometió algunos errores financieros. Descuidó a su familia y dejó que en su corazón echaran raíces las semillas de la insatisfacción. Desde su perspectiva, en su jardín no crecía más que maleza.

En un momento de debilidad y juicio erróneo, el joven ejecutivo cayó. Cedió a la tentación, a perjuicio de su familia. Dejó su trabajo, y lo peor fue que perdió su integridad. Sus amigos quisieron ayudarlo a restaurarse, pero se alejó de ellos. Su familia estaba dispuesta a perdonarlo, pero el hombre no podía perdonarse a sí mismo. Murió unos años después, alcohólico y destituido.

El césped puede parecer más verde y las flores más hermosas en otros jardines, pero no hay mejor lugar que aquel en que fuimos plantados. Dios sabe exactamente lo que necesitamos. Él nos ha dado todos los ingredientes para disfrutar de una vida bien regalada y exitosa que lo honre a Él.

Job 4:8
Los que aran iniquidad y siembran injuria, lo siegan.

Fuente: En el Jardín con Dios, Editorial UNILIT

No te olvides de mi

Si me das fortuna, no me quites la felicidad.
Si me das fuerza, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.

Ayúdame siempre a ver el otro lado de la medalla.
No me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar como yo.

Enséñame a querer a la gente como a mi mismo y a juzgarme como a los demás.
No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso.

Mas bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar es lo más grande del fuerte y
que la venganza es la señal primitiva del débil.

Si me quitas la fortuna, déjame la esperanza.
Si me quitas el éxito, déjame la fuerza para triunfar del fracaso.
Si yo fallara a la gente, dame valor para disculparme.
Si la gente fallara conmigo, dame valor para perdonar.
Señor, si yo me olvido de ti, por favor… ¡no te olvides de mí!.

Amor, Exito y Riqueza

Una mujer regaba el jardin de su casa y vio a tres viejos con sus años de experiencia frente a su jardín.
Ella no los conocía y les dijo: No creo conocerlos, pero deben tener hambre. Por favor entren a mi casa para que coman algo.

 Ellos preguntaron:
-¿Está el hombre de la casa?
-No, respondió ella , no está.
-Entonces no podemos entrar, dijeron ellos. (más…)

Riqueza, éxito y amor

Una mujer salió de su casa y vio a tres viejos de largas barbas sentados frente a su jardín. Ella no los conocía y les dijo:
-No creo conocerlos, pero deben tener hambre, por favor entren a mi casa para que coman algo.
Ellos preguntaron:
-¿Está el hombre de la casa?
-No -respondió ella -, no está.
-Entonces no podemos entrar -dijeron ellos.
Al atardecer, cuando el marido llegó, ella le contó lo sucedido:
-¡Entonces diles que ya llegué e invítalos a pasar!
La mujer salió a invitar a los hombres a pasar a su casa.
-No podemos entrar a una casa los tres juntos – explicaron los viejitos.
¿Por qué? – quiso saber ella.
Uno de los hombres apuntó hacia otro de sus amigos y explicó:
-Su nombre es Riqueza.
Luego indicó hacia el otro:
-Su nombre es Éxito y yo me llamo Amor. Ahora ve adentro y decidan con tu marido a cuál de nosotros tres ustedes desean invitar a su casa. La mujer entró a la casa y le contó a su marido lo que ellos le dijeron. El hombre se puso feliz:
-¡Qué bueno! Y ya que así es el asunto, entonces invitemos a Riqueza, dejemos que entre y llene nuestra casa de riqueza.
Su esposa no estuvo de acuerdo:
-Querido, ¿Por qué no invitamos a Éxito?
La hija del matrimonio estaba escuchando desde la otra esquina de la casa y vino corriendo con una idea:
-¿No sería mejor invitar a Amor? Nuestro hogar entonces estaría lleno de amor.
-Hagamos caso del consejo de nuestra hija -dijo el esposo a su mujer-, ve afuera e invita a Amor a que sea nuestro huésped.
La esposa salió afuera y les preguntó a los tres viejos:
-¿Cuál de ustedes es Amor? Por favor que venga para que sea nuestro invitado.
Amor se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa. Los otros dos también se levantaron y lo siguieron. Sorprendida, la dama les preguntó a Riqueza y Éxito:
-Yo sólo invité a Amor, ¿Por qué ustedes también vienen?
Los viejos respondieron juntos:
-Si hubieras invitado a Riqueza o Éxito, los otros dos habrían permanecido afuera, pero ya que invitaste a Amor, donde sea que él vaya, nosotros vamos con él. Donde quiera que hay amor, hay también riqueza y éxito.