Practicando la humildad

 ”Antes del quebrantamiento se eleva el corazón del hombre, Y antes de la honra es el abatimiento”.- Proverbios 18:12

Traemos hoy una Palabra de Dios para tu vida. Es el deseo de  mi corazón que te ayude tanto como a mi.

Este es el tiempo de la Gloria de Dios, el tiempo en que su iglesia resplandece. Y este, también es el tiempo en que los hijos de Dios empecemos a vivir de una vez por todas como hijos de Dios.-

 

Dios te bendiga grandemente!

Fuente: trescadadia.org

Familia de Dios

¡Sí! ¡La iglesia es la familia de Dios! Es el lugar donde los que éramos extranjeros y advenedizos nos transformamos en conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. El apóstol Pablo nos revela que fuimos predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, para que Cristo sea el primogénito entre muchos hermanos.

En la carta a los Romanos aclara aún más esta gran verdad: “Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. El mismo Dios que se reveló a Moisés como el Yo soy, es de quien toman nombre todas las familias de la tierra, es decir, que cada persona nacida de nuevo se transforma en hijo, y no hijo de cualquiera sino nada menos que de Dios.

En los salmos, proféticamente, a través de David, Dios ya nos hablaba sobre su sueño: “Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme y te daré por herencia las naciones” (Sal.2:7) y en otros de sus versos describió a Dios como “Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada. Dios hace habitar en familia a los desamparados” (Sal. 68:6).

Fue a través de Malaquías que volvió a recordarlo cuando este expresó: “Porque buscaba una descendencia para Dios”. Ya el profeta Isaías lo había anunciado: “Tu, oh Jehová, eres nuestro padre, nuestro Redentor perpetuo es tu nombre”, y hablando por boca de Oseas Dios dijo: “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo”.

El Padre nos declara sus hijos, Jesús nos hizo uno en la Cruz, pero el espíritu de hermandad y de amor se desata entre nosotros por medio del Espíritu Santo. Y es el Espíritu quien nos relaciona en la comunión con el Dios trino. Somos hijos desde el momento en que somos engendrados por la Palabra y por el Espíritu, y lo glorioso de esto es que todo lo que es engendrado por Dios recibe de Él su misma naturaleza. ¡Nuestra naturaleza interior es como la de Dios! Esto significa que en Dios podemos lograr grandes cosas y cosas grandes para la gloria de su nombre.

La familia de Dios no es una familia común, sino especial, porque el padre de esta familia es nada menos que el Creador del cielo y de la tierra. Él es el inspirador, el dueño, el modelo, el padre, quien le dio propósito y destino a esta familia. Ser familia de Dios significa participar de su gloria, compartir su esencia, identificarnos con su amor y ser uno, siendo millones, porque compartimos las características de la familia celestial.

En primer lugar la iglesia es una en su naturaleza, es santa y es universal. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como familia del cielo, se relacionan en un amor, comunión y servicio, recíproco y perfecto. Tal como lo declaramos en el Padrenuestro: “Como en el cielo así también en la tierra”. La familia de la tierra expresa el mismo amor, de ella se nutre para la vida, la relación y el servicio, por lo tanto debe reflejar la identidad de la familia cuyo Padre es Dios en unidad, en diversidad y en relación. Esa familia que vive el amor, reconoce a Jesús como Cabeza, Rey y Señor, reconoce los ministerios por Él establecido, se sujeta a Su autoridad y a las que Él estableció y guarda su doctrina.

Existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo un amor familiar que se sostiene en darse el uno por el otro, en servirse uno al otro, en compartir todo y saberse un solo espíritu. “Para que el amor con que tú me has amado, esté en ellos, y yo en ellos”, dijo Jesús.

Esta es una hermosa y tremenda verdad: Hemos sido amados por el Padre con la misma intensidad, la misma pasión y la misma calidad con que amó a su hijo. Compartimos el amor, y compartimos el mismo Espíritu, por eso también somos parte de la familia celestial. Fuimos creados a su imagen y semejanza y compartimos su misma esencia, sintetizada en el amor. Y este amor tiene un sello específico, es un amor filial, un amor de familia. Dios puso en Adán y Eva su espíritu. Y su espíritu es un espíritu de familia que los llevó a amarse, compartir y servirse mutuamente como en una familia. El Dios de la familia habitaba con el hombre y el hombre con Dios. Adán y Eva tenían una capacidad para darse, para amar que era propio del mismo espíritu de Dios.

El mismo Espíritu de Dios nos inspira y nos lleva a recuperar esa gracia de ser familia. En cada hijo de Dios habita una familia, una necesidad de compartir, de dar, de irradiar, de mostrar interés por el otro. Ya no hay más individuos aislados que se miran a sí mismos, sino un “nosotros”, el alma y el Dios trino. ¡Uno en querer, uno en propósito y uno en el amor! El amor ágape no es algo a adquirir sino recibido en el momento de ser hechos hijos de Dios.

No busques el amor, está dentro tuyo, porque como dijo Juan, quien ha conocido a Dios, ama.

Fuente: Roberto Vilaseca, Iglesia Cristiana Fuente de Vida

Educación para la libertad

La responsabilidad de los padres es formar bien a sus hijos. ¿Le interesa formar bien a sus hijos? Pues, ¡edúquelos para la libertad!

Ahora, ¿qué es eso de educación para la libertad? Yo le pregunto a usted, ¿le parece bien estar siempre encima de sus hijos, decidiendo por ellos, protejiéndolos, aún cuando tengan 30, 40 ó 50 años? ¿No le parece esto bastante incómodo y hasta absurdo?

Pues, existen muchos papás que en su subconsciente desean hacer esto y no es correcto. Los padres tienen que educar para la libertad. De esa manera, sus hijos algún día tendrán la capacidad de ser autónomos, de actuar de acuerdo con sus propios criterios y valores. Hay que educarlos para que sean ellos los que decidan qué hacer con su propia existencia; para que cada uno sea protagonista de su propia historia y sean capaces de decidir por sí mismos su propio futuro.

Para lograr esto, los papás tienen que inculcar a las criaturas desde pequeñitas una fe profunda en Dios, sobre todo, y también en sí mismos; ayudarlos a que crezcan con confianza en sus propias personas, cultivar en ellos los más grandes ideales e inyectarle los valores morales más adecuados. La tarea de los papás es sembrar, de la manera más inteligente y profunda posible, todos los ideales y valores positivos y buenos. Mientras más profundamente siembren esto en sus hijos, y se preocupen en cultivar adecuadamente con mucho amor, verán florecer en sus hijos una personalidad auténtica y fuerte.

Los papás deben comprender que esta tarea implicará, definitivamente, mucho tiempo de convivencia con sus niños. Pero que sea una convivencia agradable, amena, íntima, y que se desarrolle desde las primeras etapas de sus vidas. A medida que el niño pequeñito crezca y adquiera más madurez y personalidad, los papás deben acompañarlos en su desarrollo. Ahora, acompañar no es estar encima de ellos como un perro guardián, no es sobre protejerlos, ni impedirles que sean ellos mismos. Acompañar es caminar a su lado y, mientras más pequeño el niño, más necesita sentir la presencia de sus papás.

Luego, a medida que va creciendo, los papás deben separarse, alejarse poco a poco. No en el aspecto, diríamos, físico o de contacto, sino en el aspecto de permitir al muchacho y a la muchacha que sean ellos mismos. Ustedes, como papás, deben estar siempre a su lado, aconsejándoles, velando por ellos, pero no decidiendo por ellos ni opinando o imponiendo la última palabra de una manera tiránica, porque eso no conduce a nada bueno.

Cuando comprenda que sus hijos son más hijos de Dios y de la vida que suyos, desempeñará mejor su papel de padre o madre. Comprenda que su misión fue traer a sus hijos al mundo y formarlos bien, pero para la vida y para que ellos cumplan la misión que Dios les tiene reservada. Cuando usted comprenda que su tarea consiste en sembrar solamente y que después ellos cosecharán para otros, entenderá algo muy importante de lo que es ser papá o mamá.

Su misión es sagrada e importantísima; le ha sido encomendada por Dios, nuestro Señor. Implica mucha madurez y responsabilidad. Forme bien a sus criaturas, siembre en ellos todo lo bueno que pueda. Después, déjelos crecer y desarrollarse. ¡Que sean ellos mismos! Gánese su confianza para que ellos tengan el suficiente interés de acercarse a usted para comentar sus experiencias, compartir sus fracasos y éxitos, para pedirle los consejos que necesitan, para buscar apoyo y consuelo en los momentos difíciles. Pero no esté demasiado encima porque entonces hará de ellos unos títeres que no aprenderán a vivir como seres autónomos y responsables o simplemente se rebelarán y los perderá irremediablemente.

¿ Sabe usted que una de las preguntas claves que Dios le hará en el juicio final es qué hizo con sus hijos? Si usted comprende la enorme responsabilidad de formar a sus hijos para la libertad, alcanzará la gracia de Dios y también se ganará el cielo. Porque el cielo también se gana ayudando a Dios en la formación de sus hijos, de Sus hijos. ¿Que esto cuesta? ¡Por supuesto! Pero, pida ayuda al Señor. Con Él, usted puede vencer cualquier dificultad y superar todos los escollos que se presentan en su vida, sobre todo en la educación y formación de sus hijos. Pida a Dios que le ayude a comprender su misión en la vida y a entender mejor su papel de formador y educador de sus hijos. Con Su ayuda, usted puede ser mejor como persona y como padre o madre. Con Dios usted puede vencer cualquier dificultad u obstáculo, porque con Él, usted es . . . ¡INVENCIBLE!

Fuente: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f. unmensajealcorazon.org

Esperalo todo de Dios

Santa Teresita del Niño Jesús, maestra singular del Pequeño Camino, enseña que una de las condiciones para ser niño en el sentido evangélico “es esperarlo todo de Dios”.

Uno de los sentidos de la fe es este “esperarlo todo de Dios”. En el Antiguo Testamento creer significa etimológicamente apoyarse en Dios, abandonarse a su cuidado y dejarse conducir por El. Esto exige también dejarse guiar por su Palabra, decir amén a sus designios y aceptar a Dios como Dios sin reserva alguna. En el Nuevo Testamento la fe es un reconocimiento de la propia incapacidad y la confianza en el poder de Dios actuando a través de Jesús. Los pobres son los que acogen el primer anuncio de la salvación (Lc 1, 46-55). Entorno a Jesús que es pobre (11, 20) y se dirige a los pobres (5, 2-10; 11, 5 p) se constituyó una comunidad de pobres, de “pequeños” (10, 42) cuyo vínculo más precioso es la fe en Él y en su Palabra (18, 6-10).

La conciencia de la propia incapacidad, de nuestros propios límites y de la propia debilidad humana es la puerta de la fe, porque nos hace pobres de espíritu ante Dios y nos empuja a esperarlo todo de Él. Por eso la moral evangélica es la de las Bienaventuranzas. Creemos en proporción a nuestra pobreza de espíritu. P

obre de espíritu es aquel que ha sido despojado de la seguridad en si mismo, aquel que sabe que sus propias fuerzas no serán suficientes. Este hombre lo espera todo de Dios.

Por eso para que tú llegues también a esperarlo todo de Él debes perder primero todo. Sólo entonces empezarás a esperarlo todo de Dios. Cuando experimentes tu debilidad, espera con confianza la intervención milagrosa de Dios. Porque la invalidez del niño le “obliga” a manifestarle su amor. Si te sientes fuerte en tus posibilidades tu fe no se puede desarrollar ni profundizar. Para eso necesitas experimentar que no puedes. Tu debilidad, tu impotencia y tu incapacidad se convertirán en una especie de fisura por la que se irá filtrando la gracia de la fe.

El reconocimiento de la propia nada, sin fe en el amor de Dios, conduce a la tristeza, a la desconfianza, al desánimo, e incluso a la desesperación. Dios no quiere que te fijes sólo en tu propio mal. Su deseo es que, al ver tu propia debilidad, pongas en Él toda tu esperanza; desea que encuentres la esperanza en su amor y en su insondable misericordia, pues Dios siempre te envuelve con su amor, a pesar del mal que experimentas en ti. El proceso de ver cada vez con mayor claridad tu propio mal, debe ir acompañado de un conocimiento cada vez más profundo del insondable amor de Dios.

Debes creer en el amor de Dios que continuamente te obsequia con sus dones. El pecado de orgullo es quien nos impide percibirlo. De ahí viene que tengamos tan poca gratitud. “Y es ella –dice santa Teresita- la que alcanza más gracias de Dios”. Es más, donde no hay gratitud, aparece su contraria, la ingratitud. Ésta última, en cambio, según afirma san Buenaventura, es la raíz de todo mal.

¿Qué sucede si no adoptas la actitud apropiada ante Dios? ¿Si te atribuyes a ti mismo sus innumerables dones? ¿No son acaso esos dones las perlas de las que Jesús habla en el Evangelio? Él aunque desea obsequiarte incesantemente con sus dones, para no exponerte a una culpa aún mayor, la de desperdiciar sus gracias, se ve “obligado” a limitarlas. Jesús en el Evangelio advierte que no se echan perlas a los cerdos (cf. Mt 7, 6). Jesús, con esta expresión, se refiere a quienes se atribuyen a sí mismos los dones que reciben de Dios.

La actitud de infancia, según enseña Santa Teresita, es un abandono confiado en los brazos del Padre. “Un día, -recuerda su hermana Celina-, entré en la celda de nuestra querida Hermanita, y quedé sobrecogida ante su expresión de gran recogimiento. Cosía con gran actividad y, sin embargo, parecía perdida en una contemplación profunda: ‘¿En qué pensáis?, le pregunté. Medito el Pater, me respondió. ¡Es tan dulce llamar a Dios Padre nuestro! …’. Y las lágrimas brillaron en sus ojos”.

Sus lágrimas expresaban la particular conmoción interna de una persona unida a Dios con lazos íntimos. “Amó a Dios -escribe luego Celina- como un niño querido ama a su padre, con demostraciones de ternura increíbles. Durante su enfermedad llegó a no hablar más que de él, tomó una palabra por otra, y le llamó: ‘Papaíto’. Nos echamos a reír, pero ella replicó toda emocionada: ¡Oh, sí, él es en verdad mi Papaíto!”.

El conocimiento cada vez más profundo del amor paternal de Dios ahondaba su deseo de responder a él continuamente con la confianza de niño, con la oración, con la obediencia y con la entrega de su vida, con el sacrificio.

Su intimidad con el Padre se profundizaba en la medida del sufrimiento que la acompañó de modo particular durante la enfermedad. La actitud de infancia, que se había convertido en su propio camino de unión con Dios, se expresó entonces en el deseo de ir transformando todas sus experiencias difíciles en un sufrimiento por amor. En aquel período, el último de su vida, cuando su imagen de Dios era más plena, Santa Teresita, al dirigirse al Padre, lo llamó: “Papaíto”.

Solamente podemos suponer qué significaba para ella aquella expresión, pues la imagen que tenemos nosotros de Dios Padre, formada generalmente a partir de la imagen del padre de la tierra, es muy pobre e imperfecta. De hecho, ni siquiera el mejor padre de la tierra, puede compararse con el Padre del Cielo que tanto nos ama. La parábola del hijo pródigo nos descubre de algún modo su amor por nosotros, cuando el padre al ver volver aquel hijo, culpable de tantos delitos, “conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.” (Lc 15,20).

La actitud de niño es la confianza de que Dios Padre siempre nos da lo mejor. Permanecer en la verdad, y la confianza que de ella nace, constituyen elementos fundamentales de la Infancia Espiritual, uno de los caminos más cortos a la santidad. Santa Teresita ha mostrado de nuevo al mundo este camino.

Si te presentas ante Dios con confianza, reconociendo en la verdad tu propia debilidad, Él te llenará de su poder. Él te llenará también de su sabiduría, expresada en las palabras de Cristo: “pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor.” (Lc 9,48). “La santidad, no consiste en tal o cual práctica, sino en ‘una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad, y confiados hasta la audacia en la bondad del Padre’”.

Fuente: www.motivaciones.org

El cofre de vidrio roto

Érase una vez un anciano que había perdido a su esposa y vivía solo. Había trabajado duramente como sastre toda su vida, pero los infortunios lo habían dejado en bancarrota, y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar. Las manos le temblaban tanto que no podía enhebrar una aguja, y la visión se le había enturbiado demasiado para hacer una costura recta.
Tenía tres hijos varones, pero los tres habían crecido y se habían casado, y estaban tan ocupados con su propia vida que sólo tenían tiempo para cenar con su padre una vez por semana. El anciano estaba cada vez más débil, y los hijos lo visitaban cada vez menos.

-No quieren estar conmigo ahora -se decía- porque tienen miedo de que yo me convierta en una carga. Se pasó una noche en vela pensando qué sería de él y al fin trazó un plan. A la mañana siguiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le fabricara un cofre grande. Luego fue a ver a su amigo el cerrajero y le pidió que le diera un cerrojo viejo. Por último fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió todos los fragmentos de vidrio roto que tuviera.

El anciano se llevó el cofre a casa, lo llenó hasta el tope de vidrios rotos, le echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina. Cuando sus hijos fueron a cenar, lo tocaron con los pies.

-Qué hay en ese cofre? preguntaron, mirando bajo la mesa.

-Oh, nada -respondió el anciano-, sólo algunas cosillas que he ahorrado.

Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Lo patearon y oyeron un tintineo.

-Debe estar lleno con el oro que ahorró a lo largo de los años -susurraron.

Deliberaron y comprendieron que debían custodiar el tesoro. Decidieron turnarse para vivir con el viejo, y así podrían cuidar también de él. La primera semana el hijo menor se mudó a la casa del padre, y lo cuidó y le cocinó. A la semana siguiente lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió el mayor. Así siguieron por un tiempo. Al fin el anciano padre enfermó y falleció.

Los hijos le hicieron un bonito funeral, pues sabían que una fortuna los aguardaba bajo la mesa de la cocina, y podían costearse un gasto grande con el viejo. Cuando terminó la ceremonia, buscaron en toda la casa hasta encontrar la llave, y abrieron el cofre. Por cierto, lo encontraron lleno de vidrios rotos.

-Qué triquiñuela infame! -exclamó el hijo mayor-. ¡Qué crueldad hacia sus hijos!

-Pero, ¿qué podía hacer? -preguntó tristemente el segundo hijo-. Seamos francos. De no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final de sus días.

-Estoy avergonzado de mí mismo -sollozó el hijo menor-. Obligamos a nuestro padre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento que él nos enseñó cuando éramos pequeños. Pero el hijo mayor volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los vidrios en el suelo hasta vaciar el cofre.

Los tres hermanos miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una inscripción que el padre les había dejado en el fondo: ”Honrarás a tu padre y a tu madre.”

Te animo a que hoy llames a tus padres, los visites y les digas cuánto los amas. No es extraño lo que sucedió con estos muchachos, no? Pasamos nuestra vida corriendo por cosas que no tienen sentido y descuidamos a nuestros abuelos, nuestros padres, los ancianos que nos necesitan. Honremos a nuestros mayores. Un pequeño gesto de amor puede llenar su corazón y bendecir la vida de ambos. No lo dejes pasar!!

Lo que Dios cree de ti

Es indispensable que tengamos una idea clara de quién es nuestro Dios. Tú tienes que saber que Dios no es aburrido; Juan decía que Dios es amor, eso quiere decir que todo lo hace por amor, y si te dice que no hagas algo, es porque te ama. Pecar es algo tonto, porque si El no quiere que vayas por ese lado, es porque quiere lo mejor para ti.

Un niño llegó a su colegio y vio que había un rótulo donde decía que llegaría un circo. El niño llegó tan contento a su casa pidiéndoles a sus padres insistentemente que lo llevaran. Al llegar el día, se levantó muy temprano y fue a levantar a sus padres. Ellos le dieron una moneda y salió corriendo al lugar. En ese tiempo, el circo hacía primero una presentación, para luego llevarlos al show principal.

El niño llega a primera fila y se emociona al ver todos los animales y malabaristas. Se emocionó tanto que se le olvidó que en ese momento sólo era un desfile y que todavía no era el show.Al ver un payaso, le dio la moneda, y se regresó a su casa. Este niño pensó que ahí era el circo, se conformó con lo que había visto; se perdió el verdadero show.

Así hay muchos cristianos que se pierden el verdadero show que Cristo tiene para sus vidas. Porque piensan que es sólo de ir a la iglesia y de portarse bien.

Dios quiere que lo disfrutes, pero para eso, tienes que saber que tienes un Dios amoroso. ¿Se parece tu Dios a Jesús? El dijo: “El que me conoce a mí conoce a mi Padre”. 

Cuando Dios te observa, ¿qué piensa, qué siente al verte? Hoy quiero que sepas lo que Dios piensa de ti.

Primero: Eres alguien que Dios ama. 

Juan 3:16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Este es el milagro más grande que se hizo en este mundo por ti. Porque de tal manera Dios te amó a ti, que dio a su hijo para que fueras salvo. Piensa que Dios te ama, eres alguien por quien Cristo murió en la cruz del calvario de manera especial. Decídete a vivir como alguien amado por el ser más maravilloso e importante del Universo.

Segundo: Tú fuiste comprado.

El pecado original es de nacimiento. En consecuencia, éramos pecadores desde que venimos al mundo; es por eso que Dios mandó a Jesucristo para salvarnos. Satanás decía que tú y yo éramos de su propiedad, pero Dios reclamó a sus hijos, y pagó con la sangre de Cristo. Dios cuida de ti, porque te compró a un precio muy alto. Eres propiedad de Dios, El nos compró, por eso debemos comportarnos como personas valiosas.

Tercero: Somos hijos de Dios.

Pablo hacía énfasis en el gran amor de Dios. Pero muchos cuando pensamos en la imagen de un padre, lo que viene a nosotros es la de nuestro padre terrenal, en cómo él ha sido, pero tu Padre del cielo no es como el de la tierra, porque el ser humano es pecador.

Dios está más interesado en bendecirnos que nosotros mismos, porque tienes un padre bueno y amoroso. Tú tienes que decirle al diablo que se cuide, porque tienes un padre poderoso. Nosotros somos hijos del Dios viviente, vamos a vivir como hijos de Dios, a representarlo muy bien.

Cuarto: Dios te escogió.

El mira tus sueños, tus proyectos. Efesios 1:4 Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él.

El te quiere para alabanza de su gloria. Cuando te concibieron tus padres, tú fuiste,  ganaste esa carrera, esa fecundación del óvulo. Entre muchos, tú fuiste el vencedor. Tal vez tus padres no te planearon, decían que eras un error, un descuido, una confusión, pero si tú estás aquí ahora, es porque Dios te planeó. Dios no comete errores, tú no fuiste un error, eres alguien que Dios ama, que ha sido comprado por un precio alto, fuiste escogido para una misión muy grande.

Yo soy siervo del Señor desde que tengo 16 años. El me escogió por misericordia, y como me escogió a mí, te ha escogido a ti, porque tú eres un representante de tu Padre Celestial. Mira tu mano, tiene huellas digitales, nadie tiene ni tendrá las mismas. Eso es maravilloso, porque eres único, especial, porque puedes dejar una marca que nadie más puede, representar a Dios como nadie más lo puede lograr.

Debes estar consciente que has sido escogido para la misión más espectacular de la tierra. Que has sido llamado para hacer una diferencia; estás aquí con un propósito, debes tener una visión sublime, vas a dejar una marca que nadie más pueda dejar.

Dios te ama, y te ha comprado, eres su hijo y te ha escogido para dejar una marca.

¿Qué expectativas tienes de lo que Dios va hacer contigo? Porque tu fe condiciona la obra de Dios en tu vida.

Salmo 34: 8 Gustad, y ved que es bueno Jehov á. Dichoso el hombre que confía en él.


Fuente: Lucas Leys.-  www. avanzapormas.com

Una hora de tu tiempo

-Papá ¿Cuánto ganas por hora?
El padre dirigió un gesto muy severo al niño y repuso:
-No me molestes, que estoy cansado.

-Pero … papá –insistía- dime, por favor, ¿Cuánto ganas por hora?
La reacción del padre fue menos severa. Solo contestó:
Ocho pesos por hora.

-Papá ¿Me podrías prestar cuatro pesos?

El padre montó en cólera y le dijo:
-Vete a dormir y no me molestes.

Había caído la noche. El padre había meditado lo sucedido y se sentía culpable y, queriendo descargar su conciencia dolida, se asomó al cuarto de su hijo. En voz baja preguntó al pequeño:
- ¿ Duermes hijo mío ?
- Dime Papá…. (contestó entre sueños).
- Aquí tienes el dinero que me pediste (respondió el Padre).

El pequeño le dio las gracias y metiendo su manito bajo la almohada sacó unos billetes.
-Ahora ya completé el dinero…. tengo ocho pesos. ¿ Me podrías vender una hora de tu tiempo? …

Casi todos los días llegamos  a casa cansados, es tarde, estamos hambrientos… pensamos en la deliciosa comida que habrá preparado nuestra esposa y esperamos que los niños no estén demasiado “ruidosos”. Ellos, en cambio, esperan a papá ansiosos, deseando contar todas las aventuras que han ocurrido a lo largo del día. Qué espera Dios de nosotros? Seguro ya tienes la respuesta. Los hijos son la mayor bendición que Dios puede darnos. C
omienza hoy! Separa una hora de tu día para compartir con los niños, para descubrir qué tan grande es tu imaginación, sus sueños, su mundo. Simplemente, ámalos

Cuánto vale un billete de 100 dólares

Alfredo, con el rostro abatido de pesar se reúne con su amiga Marisa en un bar a tomar un café. Deprimido descargó en ella sus angustias…que el trabajo, que el dinero, que la relación con su pareja, que su vocación…todo parecía estar mal en su vida.

Marisa introdujo la mano en su cartera, sacó un billete de 100 dólares y le dijo: – Alfredo, quieres este billete ? Alfredo, un poco confundido al principio, inmediatamente le dijo: – Claro Marisa…son 100 dólares, quién no los querría ?

Entonces Marisa tomó el billete en uno de sus puños y lo arrugó hasta hacerlo un pequeño bollo. Mostrando la estrujada pelotita verde a Alfredo volvió a preguntarle: – Y ahora igual lo quieres ? – Marisa, no sé qué pretendes con esto, pero siguen siendo 100 dólares, claro que los tomaré si me lo entregas.

Entonces Marisa desdobló el arrugado billete, lo tiró al piso y lo restregó con su pie en el suelo, levantándolo luego sucio y marcado. – Lo sigues queriendo ? – Mira Marisa, sigo sin entender que pretendes, pero ese es un billete de 100 dólares y mientras no lo rompas conserva su valor…

- Entonces Alfredo, debes saber que aunque a veces algo no salga como quieres, aunque la vida te arrugue o pisotee SIGUES siendo tan valioso como siempre lo hayas sido… lo que debes preguntarte es cuánto vales en realidad y no lo golpeado que puedas estar en un momento determinado.

Alfredo quedó mirando a Marisa sin atinar con palabra alguna mientras el impacto del mensaje penetraba  profundamente en su cerebro.

Marisa puso el arrugado billete de su lado en la mesa y con una sonrisa cómplice agregó: - Toma, guárdalo para que te recuerdes de esto cuando te sientas  mal…pero me debes un billete NUEVO de 100 dólares para poder usar con el próximo amigo que lo necesite !!

Seguramente esta historia te suene familiar. Muchas veces, como Alfredo, desenfocamos nuestra mirada cuando nos pasan cosas que no esperamos, cosas que nos hacen preguntarle a Dios por qué a nosotros. Cuando este tiempo llegue, que podamos mirar a nuestro Papá y centrarnos en Él y no olvidemos quiénes somos, hijos del Rey! 

¿Por qué no confías?

Un joven muchacho estaba a punto de graduarse de preparatoria, hacia muchos meses que admiraba un hermoso auto deportivo en una agencia de autos, sabiendo que su padre podría comprárselo le dijo que ese auto era todo lo que quería. Conforme se acercaba el día de Graduación, el joven esperaba por ver alguna señal de que su padre hubiese comprado el auto. Finalmente, en la mañana del día de Graduación, su padre le llamó a que fuera a su privado. Le dijo lo orgulloso que se sentía de tener un hijo tan bueno y lo mucho que lo amaba. El padre tenia en sus manos una hermosa caja de regalo.

Curioso y de algún modo decepcionado, el joven abrió la caja y lo que encontró fue una hermosa Biblia de cubiertas de piel y con su nombre escrito con letras de oro. Enojado le grito a su padre diciendo: “con todo el dinero que tienes, y lo único que me das es esta Biblia” y salió de la casa.

Pasaron muchos años y el joven se convirtió en un exitoso hombre de negocios. Tenia una hermosa casa y una bonita familia, pero cuando supo que su padre que ya era anciano estaba muy enfermo, pensó en visitarlo. No lo había vuelto a ver desde el día de su Graduación. Antes que pudiera partir para verlo, recibió un telegrama donde decía que su padre había muerto, y le había heredado todas sus posesiones, por lo cual necesitaba urgentemente ir a la casa de su padre para arreglar todos los tramites de inmediato.

Cuando llegó a la casa de su padre, una tristeza y arrepentimiento llenó su corazón de pronto. Empezó a ver todos los documentos importantes que su padre tenia y encontró la Biblia que en aquella ocasión su padre le había dado. Con lagrimas, la abrió y empezó a hojear sus paginas. Su padre cuidadosamente había subrayado un verso en Mateo 7:11 “Y si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, cuanto más nuestro Padre Celestial dará a sus hijos aquello que le pidan”

Mientras leía esas palabras, unas llaves de auto cayeron de la Biblia. Tenían una tarjeta de la agencia de autos donde había visto ese auto deportivo que había deseado tanto. En la tarjeta estaba la fecha del día de su graduación y las palabras: TOTALMENTE PAGADO.

¿Cuántas veces hemos rechazado y perdido las Bendiciones de Dios porque no vienen envueltas en paquetes hermosos, como nosotros esperamos y por no abrir su Palabra, la Biblia?

Fuente: reflexionayvive.blogspot.com

Si…

Si tienes alimentos en la heladera, ropa sobre tu cuerpo, un techo sobre tu cabeza y un lugar donde dormir, eres más rico que el 75% de las personas en el mundo.

Si tienes dinero en el banco, si tienes dinero en la billetera, si tienes monedas estas incluído entre el 8% de los ricos del mundo.

Si te despertaste hoy más sano que enfermo, estás más bendecido que 1,000,000 de personas que no llegarán al fin de semana.

Si no viviste nunca los peligros de la guerra, la soledad de la cárcel, los sufrimientos de castigos, los sufrimientos del hambre, estas mejor que 500,000,000 de personas en el mundo.

Si podés ir a un templo sin temer a persecuciones, cárcel, castigo o muerte, estás en mejor estado que 3,000,000,000 de personas en el mundo.

Si podés levantar la cabeza y sonreir, estás bendito ya que de las personas que pueden, la mayoría no lo hace.

Si puedes sostenerle a alguien la mano, abrazar a alguien, o tocar a alguien estás bendito, ya que tu puedes proporcionar cura con el contacto.

Si puedes leer este mensaje estás doblemente bendecido, una vez porque alguien pensó en ti, y otra pues mas de 2,000,000,000 de personas no saben leer ni escribir.

En estos días vivimos tan acelerados que ni siquiera nos tenemos un minuto a pensar en todo lo que hay a nuestro alrededor, en las maravillas que Dios nos obsequió y los planes que tiene para nuestra vida. Hoy te invito a reflexionar sobre esto, a poder “hacer cuentas” de todo lo que tenemos y tuvimos este año 2011.

Dios nos tiene en el palmo de su mano. Vivamos con la paz de sus pensamientos.